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lunes, 16 de noviembre de 2009

Mi última relación hetero. O la transición tuya


Quizá mi última relación hétero no fue tal. Quizás algún prolijo funcionario del SEP (sistema etiquetador patriarcal) guste de ponerle algún otro nombre. Lo cierto es que conocí a Isabel cuando mi relación con Luciana estaba en medio de las discusiones irredentas del final. Su metro setenta, sus cuarenta y cinco años de inteligencia, voz de ansias, increíbles caderas, su cabello largo y lacio, y sus ojos verdes, todo en conjunción, me hicieron saltar de la cama. Una intelectual referente de la cultura porteña, aunque uruguaya ella. No pasó lo que tenía que pasar. Sólo me había enamorado yo. Las mujeres siempre me pisan la cabeza, en cambio a los hombres siempre me los llevé a la piecita del fondo. Ante su indiferencia me condené al ostracismo y regresé a su vida cuatro meses después. Dispuesta a revertir mi huida, reaparecí ante la puerta de su piso de la calle Malabia impecablemente vestida, con actitud ganadora y una varilla de nardos en mi mano. Ella me recibió con su cabello casi rapado, unos jeans holgados que escondían sus caderas, un remerita al mejor estilo Querelle y su sonrisa de gato de Cheshire, que yo no imaginaba sería mi verdugo. Un beso demorado en mi mejilla me acomodó al otro lado de su mesa. Había cocinado un plato thai de cuyo nombre prefiero no acordarme. Cenamos y en medio del postre, la cereza fue: “Quiero decirte algo, no me llames más Isabel, ahora mi nombre es Ariel, Ariel Duchamp”. Desde entender los vericuetos de la transgeneridad hasta sucumbir frente y detrás del dildo maravilloso que Ariel había comprado en la Bond Street, nada. Un suspiro. El dildo calzaba perfecto en su arnés de cuero negro. Y él calzaba a ambos de manera precisa y preciosa en mí. El sexo con Ariel era sedoso y áspero. Fueron meses de cerveza, trasnoches y lujuria, donde todo roce era un cuestionamiento para el cuerpo del otro, un ensamble despiadado y preciado. No importaba dónde, ni cómo: el encastre estaba. Esta fue mi última relación hétero. Relación que duró hasta que Ariel decidió que sería un trans que sólo estaría con hombres, o sea, un trans gay, por lo que yo quedaba fuera de encuadre. Pero ésa es otra historia.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-490-2008-12-12.html

martes, 10 de noviembre de 2009

Violenta Mente


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Abrí los ojos. Mi memoria, como un rollo de fotos velado. Pude así todo, entender que ése había sido el final. Que ya no volverías. Y el dolor crecía. Mujer entre todas las mujeres, que te hiciste verbo entre mis piernas. Erótica pagana fue este sabernos una a la otra como al pan de cada día. Sobre tu piel, caderas donde nunca se pone el sol, construí el mirador. Cada noche tu cuerpo a mi lado, después de todo. Mirada de fresno. Rara avis: un ojo verde y el otro, quién sabe, según la melancolía del día o de tus ganas de mí. Pero volaste hasta otra jaula, diría Prèvért. La máquina de café había quedado encendida. El olor a café quemado era insoportable. Apagué la máquina y abrí el refrigerador: cinco naranjas, además de dos mitades de limón secas y negras, agua, y mucho, mucho hielo, y ya. Era todo. Tomé unos cubos de hielo para el dolor. Intenté un jugo con el exprimidor y busqué la lata con el café, luego de lavar la jarra de la cafetera. ‘¿Y dónde está el café?’ Ésa y otras preguntas fundantes comenzarían a quemarme el cerebro en breve. ¿Era acomodar todo de nuevo, otra vez?, ¿así de simple? Definitivamente. Ácida certeza. La misma que acudió al mirarme al espejo mientras cepillaba mis dientes: el golpe contra el capó del auto había sido contundente. ‘No me dejes’, dije, ‘te lo ruego’. Ni a mi madre la lloré así. No soportabas ya mi llanto de vidrio deshecho en la voz. No me soportabas más dijiste al justificar tu traición. ‘Sos muy dramática. Sos una densa’. Y me arrancaste los cabellos casi, cuando me diste la cabeza contra el capó del auto del vecino. En la calle. Sabés que detesto el escándalo. En la calle con tu mochila, las cajas con libros y tu amiga en su break esperándote. Ni siquiera te importó que te viera. Que viera salir la sangre de mi oído casi como si el tímpano suspirara. Un rollo velado. Ahora harás tu escenario de valkirias entre sus piernas. Olía a café. Era raro no haber escuchado el borbotón del final. Un timbre que suena lejos. Ya no volverías. Ella ahora tiene tu piel de seda negra entre sus manos. Mi cerebro se apelmaza en preguntas. Pero el café está bueno. Después de todo, como no te gustaba, nunca supiste hacer un buen café.


Este relato está incluido en MujeresQueSeAman.com


ese

122003- 122009

Mi 19 de Diciembre

Era el 2001. Trabajábamos juntas, en la misma empresa, en el mismo horario. En el centro, ahí nomás, cerca del Obelisco. Habíamos decidido ir a casa, el calor era agobiante. Un almuerzo liviano y los mimos de la siesta que se transformaron en una jornada de amor y sobre todo, de inusitado desenfreno.

Tu cuerpo era una vaina perfumada que desenvolver y mis manos no daban abasto ante tantas sensaciones. Parecía que nos habíamos decidido a degustar todas las formas de querernos. En nosotras, eso no era poco. Tu carácter reservado y esquivo siempre chocaba contra mis locuras y mis hipérboles. La tarde se fue acomodando en la oscuridad de la noche, en la habitación sólo había humores deflagrantes, aromas a sexo denodado, virtuosidades puestas a prueba y un par de respiraciones acomodadas al compás del después.

Creo que fui yo. O vos. Pero alguna de las dos percibió un temblor. Me asusté. Pensé “¿había sido para tanto?”. Los ruidos comenzaron a sonar más secos y más cercanos, es más, hasta parecía que sonaban en el balcón de al lado.

En realidad, así lo comprobé al día siguiente. O en los minutos siguientes en que, al regreso del país de los espejos, se nos dio por encender el televisor.

No. No era el temblor que pasaba. No eran los tambores del paraíso. Eran los cacerolazos. Dioses del Olimpo. ¡Y me lo había perdido!

Al día siguiente, me vestí más que liviana de ropas claras, me agencié de un pañuelo oscuro y de algodón puro, no llevé mochila ni libro ni más que mis documentos y el dinero indispensable para el día. Finalmente, luego de salir de trabajar al mediodía, y previa discusión con vos, claro, me fui. Jamás estuviste de acuerdo con ‘esas cosas’, debe ser una cuestión de edad, sin dudas. Y a mí nunca me gustó quedarme afuera de la historia. Tampoco me gustaron jamás las manadas políticas, así es que me fui caminando sola -para no quedar detrás de alguna columna- por Av. Corrientes que ya estaba cortada al tránsito. Un buen rato permanecimos con la multitud atascados todos y todas en el Obelisco. Los altavoces iban dando las noticias. Retomé el avance. No dejaban llegar a la Plaza, decía el voz a voz. Y al llegar a Diagonal y Esmeralda, se veía el humo. Allí, en esa esquina pude ver también de qué manera espeluznante agregaban leña al fuego: los muebles de estilo, de fina ebanistería que eran parte de la recepción de una financiera. Vi también venir a la caballería. Y no era la de John Houston. La pata del caballo me rozó mientras me tiraba en la vereda de otra financiera por Esmeralda para evitar los gases lacrimógenos. Mi pañuelo mojado en un bar de Diagonal no alcanzaba.

Claro. Cuando volví a casa tuve que escucharte la retahíla de que si me había ido era porque no pensaba en nosotras. Y te dije que no. La verdad, había pensado en mí. Solamente en mí.


ese 122002

Buscando chicas por Madriz

Al menos, por ahora, virtualmente. Es que te vas y lo hago por vos, ja. Tintinea la pantalla. Luces de colores en el chat. Es tu primer viaje a Europa. El mío deberá esperar al menos, un año más. Pero mientras, practico. A ver. Chicas. ¿Dónde están las lindas chicas madrileñas? Con ese tono, tía que nos pone, así. Uy. Decís que con mi experiencia en la web debería encontrarte un par de contactos, al menos. Pero no es nada sencillo. Hace unos años cuando comenzó esto de conocerse por Internet, más de diez años ya, era más fácil. Ahora tenés que pagar en la mayoría de los sitios de contactos un importe para ingresar a la lista de availables. Ja. No me da pagar por sexo a estas alturas, no me resulta ni gracioso. Jamás lo fue para mí. Y es que es eso. Podrán ponerle otra etiqueta. Pero es eso. Y no, una tiene su orgullo de géneros, qué tanto. Aunque vos, no querés sexo virtual, no es lo que estás buscando. Sólo querés conocer a un par de lindas chicas madrileñas que te acompañen por Madrid. Perfecto.

Aquí vamos. En este sitio chateábamos con Fernanda, aquella locuaz y enloquecida valenciana con quien nos habíamos conocido en un foro de lesbianas con sede en México. ¿Letal el eje, no?: Distrito Federal- Madrid- Buenos Aires. Letal fue que viniera. Letales fueron esos cuatro días locos. Pero dejemos la historia para otro carnaval. A ver. Ja. Otro más que pide dinero. ¿Para chatear? ¿A dónde quedó la ética cibernética? En este sitio gay lésbico de ese barrio tan conocido de Madrid me piden, sólo para entrar a chatear, que mande un sms con un costo de 3 euros a este número de teléfono móvil que obvio, es de esa compañía española conocidísima por todos. Ni ahí. Julia, lo siento, pero tendrás que salir a caminar por dicho barrio y nada de punto com. A mirar chicas y a la marcha, que Madrid, dicen, tiene casi tanta noche como Buenos Aires. Ah, bueno. Que no te me pongas chauvinista, tía. ¿Y por qué no? Después de todo, algunos punto com punto ar, todavía propician la imaginación al poder, y en donde lo único que pagás son los costos de las sorpresas detrás de las web cams. Pero eso, eso aún forma parte de los códigos urbanos y cibernéticos. Hay códigos. Sí, queridos y queridas mías, aún los hay.


ese 2009